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Viena. Retrato costumbrista V

16/03/2011. (VIENA, AUSTRIA). Decir que no me gustan las despedidas sería faltarles al respeto. Por lo que otorgan y muestran. Por lo que sueñan. Y por lo que esconden. Viena es el principio del eterno retorno, la última muestra de que la única verdad de lo finito es su final. Como buen soñador disfruto más al conseguir las cosas que al mantenerlas. Y toca dar el salto. A un tren en marcha que quizá no vaya a ninguna parte. Hoy pienso en todos los amigos a quienes no vuelves a ver nunca después de haber vivido junto a ellos horas y días intensos. La vida, en tanto que llega el adiós definitivo, está jalonada por la melancolía de las despedidas. De Viena, para ser sincero, no esperaba nada; y nada me dio; no tenemos nada que reprocharnos. Viena no es en mi recuerdo más que eso: una perdigonada en el vacío. Aunque yo el de entonces ya no soy el mismo. No me gustan las despedidas.

Viena. Retrato costumbrista IV

25/01/2011. (VIENA, AUSTRIA). Cuando veo la fecha de caducidad y me dice que en Viena sólo existo de paso pienso en qué felices vamos a ser los dos. Me reconforta deleitarme con los que entonces fueron mis accidentes mientras otros cargan con la lista de las reuniones, que nunca antes me pareció tan liviana a los sentidos. Son tantos los estilos que no es ningún estilo: Viena es barroca, rococó y neoclásica, gótica y modernista, funcional y estética, con importantes reminiscencias medievales y coloridos tintes futuristas. Viena es un eclecticismo desbordado por la variedad, cuyo exceso atraganta más que su esencia. Un museo urbano al aire libre con piezas de todos los autores pero con la impronta de ninguno. Un lugar digno de visita pero aséptico para la vida; la yuxtaposición de estilos de mediocre gusto conjunto me dibujan una ciudad teatral y clasista pero a la vez triste y cansada. Como una vestidura de corte rota y apolillada.

Viena. Retrato costumbrista III

10/01/2011. (VIENA, AUSTRIA). Viena huele a cerrado. Y sabe a recuelo. Existo en un gran café, lugar de costumbres metódicas y del casual fluir y refluir de las gentes. Todo aquello que realmente importa pasa por encontrar un buen siento, mejor junto a la ventana y un tanto alejado de la puerta de acceso. Libre de humos, por favor. Viena es cada vez más una ciudad para turistas, de los turistas y por los turistas, entre quienes se reparte cafeína por toneladas a precios fuera de mercado. Respirar el aroma de esta hoguera es descansar en un buen café doble y acompañar el horizonte que dibuja aquella camarera despistada. El café, como Viena, es un lugar de paso. Hoy cortado y mañana sin azúcar. Un lugar donde nada llega a ser del todo importante ni del todo plural, donde el vecino de enfrente cambia cada dos por tres (y nunca sale seis) y donde la verdadera vida discurre en el exterior, detrás de las fronteras.

Viena. Retrato costumbrista II

15/12/2010. (VIENA, AUSTRIA). Viena son los restos de un mundo desaparecido. Una ciudad para vivir el presente en el pasado, desconfiando siempre del futuro. Cuestión de prioridades, no tanto sobre afectos y cariños como sobre certezas y evidencias. Viena aspira a ser cada vez más amplia, más supranacional, más supraeuropea, más multicultural y, en definitiva, más todo. Tan sólo mengua en proporción a la grandeza de su tentativa. Existo en una ciudad de convicciones, obligado a elegir entre la multiplicidad de la única visión ‘gregarizada’. Me pregunto si en el mundo hay algo tan digno que merezca ser elegido. Cuando la elección implica exclusión. Y cuando tampoco estoy dispuesto a renunciar a nada. Aunque, a decir verdad, me conformo con ser más hombre para ser al menos hombre. Y con ensayar nuevas formas de gritar.

Viena. Retrato costumbrista I

01/12/2010. (VIENA, AUSTRIA). Es fría, hermética, jactanciosa y, además, es Viena. Ciudad de cafés y violines avezados, la Viena de hoy vive de las ascuas de un pretérito demasiado remoto. Es sólo en el pasado, cuyas arrugas ocultan y protegen incluso la alegría, quizá al modo de esas viejas que usan el espejo no para mirarse sino para admirarse. Viena tiende indecisamente hacia la vida cómoda; no quiere problemas y compra tiempo como trabajo pagado. Las ascuas del ayer que son la Viena del hoy viven desplazadas en un rincón del liberalismo más extremo, dicho a la manera nietzschiana, en la “animalización gregaria” de aterciopeladas embajadas de cartón, edulcorados organismos internacionales sin azúcar, bancos trasnochados, hoteles con demasiadas estrellas y businessman del tres al cuarto. Hoy, que yo también me vendo, Viena es de papel y con papel se compra.
Jairo Marcos
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