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Apartheid, el término jurídico que (por fin) define la realidad de Palestina (2/2)

28/04/2022. (…) [Comienza aquí]

Un crimen de lesa humanidad
En 1966, la Asamblea General de Naciones Unidas declaró el apartheid como crimen de lesa humanidad, postura reiterada por el Consejo de Seguridad en 1984. Entre ambas fechas, concretamente en 1973, se aprobó la Convención sobre el Apartheid, que denuncia que las políticas de segregación y discriminación racial son crímenes internacionales. Esta Convención recoge que el crimen de apartheid incluye “actos inhumanos cometidos con el fin de instituir y mantener la dominación de un grupo racial de personas sobre cualquier otro grupo racial de personas y de oprimirlo sistemáticamente”, tal como narra John Dugard, experto en Derecho Internacional y profesor en varias universidades, en un documento de Naciones Unidas.

Siguiendo el marco conceptual establecido hace 50 años, hace apenas unas semanas el relator especial Michael Lynk dijo también que un régimen político que prioriza de manera tan intencional y clara los derechos políticos, legales y sociales de un grupo sobre otro dentro de un mismo espacio geográfico, sobre la base de la identidad racial, nacional y étnica, se corresponde con la definición legal de apartheid.

Desde Amnistía Internacional aplauden este novedoso posicionamiento. “Las conclusiones del relator especial describen pormenorizadamente el sistema de opresión basado en motivos raciales establecido por Israel contra la población palestina, expresamente concebido para mantener la dominación israelí judía y sostenido mediante la comisión de graves violaciones de derechos humanos”, ha afirmado el director adjunto de Amnistía Internacional para Oriente Medio y Norte de África, Saleh Higazi. Incluso Michael Ben-Yair, ex fiscal general de Israel y magistrado de su Tribunal Supremo, ha asumido esta realidad en una tribuna de opinión publicada en El País: “Debo concluir con enorme tristeza que mi país se ha hundido en un abismo moral y político tal, que en estos momentos es un régimen de apartheid. Es hora de que la comunidad internacional reconozca esta realidad”.

Amnistía Internacional también ha publicado un informe este año para posicionarse claramente y asumir que lo que sucede en Palestina es un apartheid, sin peros ni eufemismos. “Israel ha impuesto un sistema de opresión y dominación de la población palestina (…) La segregación se lleva a cabo de una forma sistemática y muy institucionalizada mediante leyes, políticas y prácticas, todas ellas concebidas para impedir que la población palestina reclame los mismos derechos que la población israelí judía dentro de Israel y los territorios palestinos ocupados y disfrute de ellos y, por tanto, con la intención de oprimir y dominar al pueblo palestino”, recoge el estudio titulado ‘El apartheid israelí contra la población palestina’.

Intento de división
Los diferentes mecanismos utilizados hacen que la situación del pueblo palestino no sea uniforme. “Hay una jerarquía de opresión: lo de Gaza es peor que lo de Cisjordania, Cisjordania es peor que Jerusalén, Jerusalén es peor que Nazaret. Todos estamos bajo ocupación, pero la manifestación de la opresión es diversa. Es muy importante saber que hay diferencias, pero la motivación es única y uno de los objetivos de la ocupación es dividir a la población y convencernos de que hay gente mejor y peor para así evitar la unión de la lucha contra la ocupación”, explicaba Hassan en 2018. La abogada treintañera se considera una privilegiada porque, al nacer en Nazaret, población que forma parte del Estado de Israel desde 1948, tiene un pasaporte israelí que le permite libertad de movimientos.

El apartheid tiene diversas consecuencias para Lubnah Shomlai. Por un lado, habla de “desnacionalización”, es decir, de mantener a la población palestina como un pueblo sin estado; también de marginación democrática, de denegación del derecho al retorno, de la negativa al acceso y uso de la tierra; y, finalmente, de segregación, fragmentación y aislamiento. “Se trata de generar una desconexión que hace que se pierda la identidad como grupo o como pueblo y así se anula nuestro derecho a la autodeterminación. Israel trata de desgastar la identidad palestina”, relata.



[Lee aquí artículo completo, publicado en El Salto]

Nos queda la memoria (1/2)

03/12/2021. (MÉRIDA). La impunidad y el olvido envuelven los casos de las personas desaparecidas. De Colombia a España. Porque hay ausencias que se repiten da igual la latitud. La sociedad civil ha asumido la labor de no olvidar a las víctimas y exige justicia, verdad y reparación.

Yanette Bautista vive pegada al retrato de su hermana. Nydia Érika Bautista desapareció en 1987 en Bogotá y desde entonces Yanette no ha cesado de recordarla ni de buscarla. A ella y a las miles de personas desaparecidas en Colombia, seres humanos de los que por no haber no hay ni cifras certeras, pues bien pueden ser una cantidad (54.000, según la Fiscalía General de la Nación) o el doble (las 120.000 que denuncia la Fundación Nydia Érika Bautista, FNEB). Pertenecen a ese tipo de cálculos que oficialmente no se cuantifican con exactitud, ya sea para taparlos, para hacerlos desaparecer o para dejarlos bajo tierra. Víctima y defensora de los derechos humanos, Yanette Bautista estudió Derecho porque, una vez encontrado el cadáver de su hermana, quería una justicia que todavía hoy no ha encontrado.

El día de su primera comunión, siendo apenas una niña, Andrea Torres, la hija de Yanette, presenció cómo se llevaban a su tía. También se hizo abogada, para luchar por las personas desaparecidas, para exigir justicia, verdad y reparación. En una reciente visita a Extremadura, ha denunciado la situación de impunidad que continúa existiendo en Colombia, cuando se cumplen cinco años desde la firma de los Acuerdos de Paz. “Lo que nos queda es la memoria”, subrayó en Mérida, en un acto organizado por Brigadas Internacionales de Paz (PBI, por sus siglas en inglés), en el que compartió diálogo con Guillermo León, de la Asociación Memorial Campo de Concentración de Castuera (Amecadec).

“El motor de nuestra lucha es el amor y también recordar las ideas de las desaparecidas”, añadió. Su labor jurídica forma parte del horizonte que abarca la FNEB: que nadie olvide a las personas desaparecidas en Colombia. Pero “no hay acceso a la justicia, ni siquiera a la verdad”, lamentó Andrea, en un discurso con muchos puntos de unión con el del historiador. Los puentes entre ambos se tendieron en La Enredadera, un espacio autogestionado situado en la capital extremeña, donde se desvelaron ausencias que al mismo tiempo podían aterrizarse en Cundinamarca y en Badajoz. Porque hay relatos que se repiten da igual la latitud. Son dinámicas que no entienden de husos horarios.

(…) [Continúa aquí]

[Lee aquí artículo completo, publicado en El Salto]

¿Por qué somos feas? Un retoque estético (3/3)

27/06/2021. (BILBAO). “A menudo la atribución de belleza o de fealdad se ha hecho atendiendo no a criterios estéticos, sino políticos y sociales”, escribe Eco en la obra ya citada. Si realmente las fronteras de la belleza oscilan en función de la cultura, la época, la economía y la religión, cabría pensar que es cuestión de tiempo y que la fealdad pasada algún día será belleza futura. Si todo eso es cierto, la fealdad no se revelaría como una manifestación idéntica en todos los lugares y ni siquiera sería igual en todos los momentos. La fealdad sería diversa en función de las culturas, las personas y las experiencias personales. Todo eso suena consoladoramente cierto, hasta que el ayer y el mañana se descubren unidos por el mismo triángulo sistémico capitalismo-racismo-machismo. Mientras la historia siga repitiéndose como si de los círculos concéntricos de un muelle se tratara, la fealdad va continuar anclada a los mismos rostros y en los mismos cuerpos. El eterno retorno de lo mismo (Friedrich Nietzsche) parece inevitable si la historia continúa contada por los mismos.

Llegados a este punto, se puede devolver la mirada al ámbito de la pura estética para tratar de agarrarse a algún síntoma de transformación. Porque allí se contempla que lo que durante mucho tiempo había sido mera privación de belleza se ganó su espacio a partir del romanticismo (hacia la primera mitad del siglo XIX) y su cruzada por resquebrajar el canon y mostrar otras perspectivas, exaltando las formas libres, el sentimiento y las pasiones sobre la razón. La fealdad resurgió en el arte para erigirse en elemento crítico de lucha frente al normativismo. No había vuelta atrás y, tras la muerte de Hegel en 1831, la fealdad se convirtió de forma paulatina en un problema decisivo.

La normalización de lo horrendo, de lo asqueroso y, en definitiva, de lo feo fue el resultado del proceso de reordenación del mundo que consumaron las vanguardias artísticas a principios del siglo XX. El expresionismo alemán utilizó la fealdad como denuncia social, mientras el surrealismo y el dadaísmo recurrieron a lo grotesco y monstruoso. La fealdad terminó siendo aceptada como modelo estético. Un triunfo que se reforzó en la era industrial y mercantil, por su inclinación hacia la utilidad y la funcionalidad por encima de la belleza. Bajo ese telón de fondo se expresa el arte contemporáneo, convencido de que allí donde antes no se había querido mirar también hay cosas que apreciar y que el inexplorado abanico de posibilidades es más amplio y genuino. Es la atracción del abismo, donde la fascinación queda atrapada por la imperfección. Hasta tal extremo, que lo feo ha adquirido hoy su aceptación universal en el ámbito estético. Es una calavera con diamantes. Es la fotografía de unas vísceras en primer plano.

A partir de aquí se abren numerosos interrogantes, empezando por discernir si la dimensión estética muestra el camino hacia la necesaria transformación humana. ¿Por qué el triunfo de lo feo artístico? Deslumbrar es la clave. Lo inimitable está en la exploración de la fealdad. En crear una copia sin par, pues la belleza es más fácil de imitar. Las identidades clásicas ya no venden, no son competitivas. Lo que comenzó siendo una fuerza aterradora emana hoy un gran poder de atracción y prestigio. Pero el feísmo deliberado, no espontáneo e incluso forzado, parece ocultar la penúltima victoria del capital, que ha decidido envasar la fealdad para comercializarla y hacer negocio con ella. Extrapolado a las luchas feministas, ¿qué será de la resistencia y la rebeldía de las feas? El ser y el no ser. Belleza y fealdad. El riesgo es existencial. Y no sería la primera vez que una lucha social acaba estampada en el dorso de miles de camisetas.

[Lee aquí artículo completo, publicado en Pikara Magazine]

¿Por qué somos feas? Las brujas de ayer y de hoy (2/3)

26/06/2021. (BILBAO). Cuando el siglo XVIII se iluminaba con la razón eurocéntrica y mientras el varón luchaba por dominar los campos de lo económico y lo político, las mujeres bellas eran las que cuidaban dócil y servicialmente del conquistador en el interior de lo doméstico. La aniquilación era el único camino posible para las colonias que no se doblegaban. Su exterminio estaba previamente legitimado en tanto que feas ergo prescindibles y desechables. Imposible poner reparos a la matanza del no-ser porque no existe.

La eliminación de las mujeres está relacionada en este sentido con la quema de brujas que se produjo hasta entrada la Ilustración en la Europa central, en un proceso que coincide con la proclamada Ilustración occidental (Silvia Federici: Calibán y la bruja). A un lado, la luz y su belleza existencial, al otro, la oscuridad y su impura fealdad. Los aquelarres no eran una cuestión exclusiva de un género ni tampoco de unas facciones determinadas, pero desde los inicios se identificó aquellos conjuros con las mujeres feas. Más de 400.000 personas fueron encausadas solo en Europa, la mayoría (se calcula que el 85 por ciento) mujeres. Una de cada cuatro fueron ajusticiadas.

“Lo que interesa de nuestra historia es que en la mayoría de casos las víctimas de la hoguera fueron acusadas de brujería porque eran feas”. La explicación es de Umberto Eco (Historia de la fealdad) y sus cursivas hay que leerlas en esa concepción de lo feo en contraposición a la belleza social establecida. Las brujas eran curanderas, parteras y herboleras que desafiaron el poder masculino, rebelándose desde sus cuerpos frente a la ciencia y la religión establecidas. Eran resistentes y transgresoras, revolucionarias. Y, por consiguiente, eran feas. Prueba de ello es la iconografía que las representa como viejas encorvadas y oscuras, de nariz larga y ojos prominentes, solitarias, con rasgos grotescos y envueltas siempre por un ambiente maléfico. Por cierto, la escoba que acompaña a muchas de sus representaciones tampoco es casual: la utilidad de estos objetos indica la presencia de mugre, de basura, de desechos que hay que retirar cuanto antes; su forma presenta además una evidente connotación fálica que recuerda las orgías que organizaban y que incluían relaciones sexuales con el mismísimo Lucifer bajo la forma de un macho cabrío. Por algo Lutero las llamaba “putas del diablo”. ¿Será que la escoba se convirtió en dildo?

Pero no hace falta irse tan atrás en el tiempo porque todavía hoy las mujeres aparecen en función de su belleza social: “Esta sociedad, a las mujeres en general y a las migradas en particular, nos quiere en un rol más pasivo de estar al servicio de”, denuncia la activista feminista Txefi Roco en una entrevista reciente de Pikara Magazine. Es el “calladita estás más guapa” dicho de múltiples formas. Por ejemplo, exhortado en términos de la baja política: “¡Quítese esa cara de amargada!”, como espetó Rocío Monasterio (VOX) a Mónica García (Más Madrid), en el último debate de la pasada campaña electoral madrileña. O bajo los calificativos que reciben tantas feministas: malfollada, marimacho, feminazi, machorra… Imposible negar la existencia de brujas en el siglo XXI, porque los códigos de lo bello continúan asociados al poder.

[Lee aquí artículo completo, publicado en Pikara Magazine]

¿Por qué somos feas? (1/3)

25/06/2021. (BILBAO). La mirada ejemplifica la cosificación humana: los hombres miran a las mujeres, las mujeres aparecen observadas por los hombres. Ella es vista mientras él ve constitutivamente. Y así, la belleza social determina el modo en que es tratada cada mujer. Belleza social entendida no solo en su estrecha dimensión de fachada, un rostro y un cuerpo, sino como amalgama de imposiciones artificiales. La identidad es de esta forma construida artificialmente bajo una escala de dominación heteropatriarcal. “El destino de la mujer es ser en vista del varón”, escribió Ortega y Gasset, en El hombre y la gente.

Uno de los principales corsés que los hombres utilizan para dominar a las mujeres es la mirada, que se apoya sobre el aspecto exterior y acaba penetrando las entrañas del género, la clase y la raza, las tres dimensiones que tejen las corporalidades con madejas de poder. El modo en que la mujer singular aparece ante el etéreo panóptico de ‘lo macho’ determina la escala de valores que la rodea. Belleza y fealdad separadas por el abismo de la existencia. Porque únicamente lo bello merece ser vivido. Lo feo es abominable, repulsivo, repelente. Desechable. No es casual que la palabra ‘feo’ provenga del latín foedus, que significa fétido, impuro. O sea, horripilante. Es decir, prescindible.

A lo largo de la historia, el objeto de lo que posteriormente se denominaría ‘estética’ ha girado en torno a la belleza como perfección sensible e individual. Y para poder explicar la fealdad, se ha recurrido a su contraste. Hegel, por ejemplo, entendía que “lo feo es una distorsión” (Lecciones sobre la estética). La fealdad ha sido comprendida como la privación de la belleza. Es por eso u-tópica (del griego topos, lugar, precedido de la partícula de negación), en el sentido de carecer de lugar frente a la belleza. Se da allende sus límites, en una relación de oposición que implica una disyunción excluyente: lo feo es sencillamente la negación de la belleza. Pero ¿qué es lo feo más allá de la estética? ¿Quién encarna la fealdad? ¿Por qué somos feas?

En el fondo, lo que está en juego son las posibilidades de existencia. La belleza merece ser celebrada y bien vivida; la fealdad ni siquiera puede ser llorada. La traslación de la estética a las feas como distorsión de la belleza impuesta por la mirada masculina es automática: las mujeres terminan convertidas en territorios conquistables. En esa producción de performatividades que conforma la mirada masculina, las mujeres (además de la naturaleza) aparecen como colonias interiores del capitalismo, que las explota una vez convertidas en recursos. Algo similar sucede con las colonias exteriores, encarnadas por los orientes y por los sures, también por las periferias.

Parménides lo condensó filosóficamente: el ser es, el no-ser no es. Su máxima ha sido replicada bajo muy diferentes versiones por otros pensadores, que vienen a apuntar en la misma dirección: el hombre (y sus creaciones), Occidente y el Norte además del centro son. Punto y final. Al otro lado de la línea queda el no-ser, la fealdad. Aunque la realidad no se reduzca a lo existente, como enseña la sociología de las ausencias y las emergencias de Boaventura de Sousa Santos, esas violencias sistémicas son olvidadas por el gran relato del desarrollo.

[Lee aquí artículo completo, publicado en Pikara Magazine]

«No hacemos periodismo objetivo, no creemos que exista». Premi Joan Gomis (1/2)

15/03/2021. (BARCELONA). [Extracto del discurso de recepción del Premi Joan Gomis 2020. Categoria trajectòria periodística]

Estos espacios de reconocimiento siempre son un caluroso abrazo en medio del ejercicio de una profesión complicada y precaria. Desde hace más o menos una década, el agua se ha convertido algo así como en nuestra obsesión periodística. A través del agua se puede hablar de multitud de cuestiones que nos afectan a todas. Hablar de agua es hablar paz, de derechos humanos, de desigualdad, de exclusión social, de eliminación de la pobreza.

Desde hace unos meses el agua cotiza en el mercado de futuros de Wall Street, aunque su mercantilización, comercialización y acaparamiento no son nuevos. Frente a los poderes que buscan únicamente los beneficios individuales, dejando a las mayorías en los márgenes y en las periferias, nosotros escribimos siempre desde la defensa de los bienes comunes y de los derechos humanos. Y el acceso al agua y al saneamiento desde 2010 está reconocido como derecho humano por la ONU.

No hacemos periodismo objetivo, no creemos que exista. Defendemos y ejercemos un periodismo honesto. Como tantas compañeras y compañeros que están haciendo un excelente trabajo, independientemente de la cabecera en la escriban. Periodistas que dignifican la profesión.

(…) [Continúa aquí]

Pd. El acto de entrega se celebró el lunes 15 de marzo de 2021 en Barcelona, en la sede del Col·legi de Periodistes de Catalunya.
Jairo Marcos
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