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«Ojalá algún día el periodismo independiente deje de ser una elegante forma de sobrevivir en la pobreza». Premio CEPESCA (2/2)

29/11/2022. (MADRID). (…) [Comienza aquí]

Así fue como nos adentramos en las aguas de un sector clave. Y así fue como nos empapamos de los principales problemas que lo traviesan: su escaso atractivo para las nuevas generaciones, la antigüedad de flotas como la española y, muy especialmente, la sobrepesca fomentada por las subvenciones, un dinero que impide la sostenibilidad de los océanos. Sin olvidarnos de las violaciones a los derechos humanos, que también se han colado a bordo.

De todo esto hablamos en nuestra pieza, gracias –y esto es importante- a las múltiples fuentes que nos cedieron su tiempo y compartieron con nosotras sus voces y experiencias, empezando por los patrones de las dos embarcaciones. Gracias por enseñarnos tanto.

Concluyo con una reivindicación: el periodismo es el latido de la democracia. Y sin periodistas, no hay periodismo. Como profesionales freelance, esto es, como periodistas que no estamos atados a ningún medio de comunicación en concreto, que nos pagan por pieza, no nos conformamos con la precaria situación que desde hace tanto atraviesa a la palabra escrita.

Ojalá algún día el periodismo independiente deje de ser una elegante forma de sobrevivir en la pobreza.

[Discurso con motivo del Premio de Periodismo CEPESCA, a la “Mejor pieza informativa sobre sostenibilidad y medio ambiente en la pesca”(Video)]

Detalle del premio. / Cedida por la organización.

Cuidar no es solo dar la teta

05/10/2022. La teorización de los cuidados es un puntal de los feminismos. La teoría parece que se sabe, pero ¿y la práctica? Dejando a un lado que los cuidados deben ser recíprocos, llevar a la práctica esa teoría que queda tan bonita en papel o en pantalla es otra historia (la que se queda en el tintero).

Me atrevo a decir (aunque tal vez estoy equivocada porque no he hecho ningún estudio, sino que es una sensación) que más allá de un aumento del autocuidado (ligado en muchos casos al individualismo imperante y al ego sobredimensionado) y un vuelco evidente en la maternidad y en la crianza, los cuidados se han quedado en letras, no en acciones.

Cuidar no es dar la teta, o no es solo eso. Cuidar no es hacer bizcochos healthy ni hacer deporte. Cuidar es cambiar pañales a personas viejas, no solo a bebés. ¿Por qué casi nunca se escribe sobre eso?, ¿por qué se debate tan poco, y no en el centro del debate, sobre cómo cuidar a nuestras madres, padres, abuelas o abuelos?, ¿cómo se afronta la dependencia de las personas que tienen más de 70 años?, ¿cómo se asume acompañar a una persona enferma?, ¿qué hay de la dependencia?, ¿por qué las políticas públicas llevan años mirando para otro lado?

Los debates son más. ¿Qué pasa con el placer en la vejez?, ¿por qué se quita agencia a las personas ancianas?, ¿cómo se piensa la vejez con la familia elegida?



  [Lee aquí artículo completo, publicado en Pikara Magazine]

Apartheid, el término jurídico que (por fin) define la realidad de Palestina (1/2)

28/04/2022
  • Naciones Unidas y un alto magistrado israelí han admitido en las últimas semanas que los crímenes cometidos por Israel son de lesa humanidad.
Hebrón (Palestina). M.A.F.

Ya se puede decir: Palestina sufre un apartheid. Lo que hasta ahora era evidente a ojos de quienes viven en Cisjordania y Gaza, y de quienes visitan esas tierras fuera de los márgenes turísticos con al menos una pizca de empatía, ahora es una verdad asumida por los organismos que establecen los criterios de medición. El apartheid ya no es un adjetivo, es un hecho. Tal cual.

“Israel practica el apartheid en los territorios palestinos ocupados”, afirma en un reciente informe el relator especial de la Organización de las Naciones Unidas sobre la situación de los derechos humanos en territorio palestino, Michael Lynk. “Hoy existe en el territorio palestino ocupado por Israel desde 1967 un sistema legal y político dual profundamente discriminatorio, que privilegia a los 700.000 colonos judíos israelíes que viven en los 300 asentamientos israelíes ilegales en Jerusalén Este y Cisjordania”, explica el relator, que también habla de muros y de puestos de control y que recuerda que tres millones de palestinos y palestinas “están sin derechos, viviendo bajo un régimen opresivo de discriminación institucional”. Sin olvidar que dos millones de personas viven en Gaza, “una prisión al aire libre”, en palabras de Lynk, sin acceso adecuado al agua, a la energía o a la salud.

A veces poner nombre a las cosas ayuda. Las dimensiona y ofrece un marco contextual y analítico. Unos días antes de que se publicara el informe del relator, Lubnah Shomlai, integrante de la organización palestina de derechos humanos Badil, participó en un encuentro online con periodistas para hablar sobre nuevas narrativas, es decir, de la importancia de los conceptos usados para describir los hechos. “Israel ha cometido crímenes, hay mucha investigación e información, pero la terminología lo minimiza”, denunció Shomlai, quien también reconoció que cada vez se usa más el concepto “apartheid”. Un término que, por cierto, no es solo algo físico, aunque cueste creerlo al ver los puestos militares de control, los asentamientos de colonos en territorio palestino, el muro, las calles solo para israelíes en Hebrón o las carreteras solo para población israelí que cruzan Cisjordania. Hay situaciones que incluso se escapan de la lógica de la expulsión física, es todo más sutil.

La singularidad de Jerusalén
Budour Hassan es abogada del Centro de Derechos Humanos de Jerusalén y habla de “la burocracia de la represión”, esa que dice no siempre es visible y es más difícil de conocer que la violencia visible, “porque es la cotidiana que afecta a la vida diaria; solo se sabe cuando se habla con la gente”. La abogada explica los problemas de residencia para la población palestina de Jerusalén, residentes permanentes y no ciudadanía en el vocabulario de Israel. Estas triquiñuelas léxicas hacen que el Gobierno pueda reubicar su residencia, a pesar de que la ciudad siempre ha tenido un régimen jurídico especial. “Más de 14.000 fueron reubicados en 50 años: a gente nacida y crecida de repente les dicen que no son legales en su ciudad”, cuenta la jurista en un perfecto castellano, aprendido escuchando partidos de fútbol y baloncesto.

Otro ejemplo de esa burocracia represiva de la que habla Hassan es que si alguien se va siete años fuera de Jerusalén ya no puede volver a tener su residencia en esta ciudad clave. La reubicación punitiva es otro más de los mecanismos que describe la abogada. “La existencia de los palestinos en Jerusalén es muy vulnerable porque están bajo riesgo cotidiano de perder su derecho de residencia, su ciudad”, continúa Hassan, que no deja de nombrar técnicas burocráticas de exclusión, de ingeniería demográfica. “Si tu marido es de Cisjordania y tienes una criatura, es muy difícil registrar a tu bebé. Este trámite mundano puede durar cinco años y la familia no puede vivir junta en Jerusalén”, cuenta deprisa, como si lo que narra no fuera una absoluta barbaridad propia de novelas o series de televisión distópicas, esas que hay que leer o ver con atención. “La ocupación fragmenta a las familias, que viven una pesadilla cotidiana solo para sobrevivir. El objetivo no es vivir una buena vida, es sobrevivir. El derecho a sobrevivir no está garantizado”, afirma la jurista, que ayuda a vecinas y vecinos de Jerusalén a no perder su residencia, a registrar a los niños y niñas y a proteger las casas de la demolición.

Ya fuera de la oficina de Budour Hassan, un paseo por las calles de Jerusalén imprime una postal de la absoluta desigualdad cotidiana, la de junio de 2018: barrios de población palestina abandonados y sin inversión pública, en donde ni siquiera se dan licencias de obras para reformas de casas frente a otras zonas perfectamente equipadas. “En los viajes turísticos organizados por Israel la ocupación no existe. Hay dos mundos en Jerusalén. Apartheid no es sólo una palabra, es una realidad”, describía.

(…) [Continua aquí]



[Lee aquí artículo completo, publicado en El Salto]

En esta casa se comen hinojos

30/03/2022

A Silvia la conocí editando sus textos y subiéndolos a la web. Aún recuerdo el primero. Era 2017, se cumplía la efeméride de la Gran Redada y no cabía en mi asombro al leer una historia de la que no tenía ni idea: el intento de exterminio del pueblo gitano durante el reinado de Fernando VI. Aquel artículo sobre Juana de Vargas, Lucía, Rosalía, Francisco de Paula, Nicolás, y sobre tantas gitanas y gitanos del siglo XVIII fue el inicio de otros muchos descubrimientos o encubrimientos que no sabía y de los que Silvia me alumbró.

Conocer a Silvia Agüero Fernández supuso para mí mirar a mis vecinas, aquellas que siempre veía en el parque de al lado de mi casa, pero nunca miraba. Y sus textos me revolvieron porque las cosas que me mostraban no es que no las conociera, es que no quería verlas. Los guetos, los estereotipos literarios, el exterminio nazi, el borrado de su lengua, ¡las esterilizaciones!, las políticas de integración y, por supuesto, el antigitanismo y las resistencias.

‘Mi feminismo es gitano’, el monográfico que desde Pikara Magazine editamos con los textos de Silvia Agüero Fernández, es, como ella misma dice, “una cucharadita”. Un poco de caldo para saborear los plurales feministas, un sofrito imprescindible para cualquier guiso, para cualquier debate que hable de ejes de poder y de desigualdad, de discriminaciones y de estereotipos, de interseccionalidad y de antirracismo. De antigitanismo

Y siempre, claro, con un poco de hinojo, esa planta silvestre que “gitaniza”, como dice Silvia, y que hay que coger del campo. Y que añade un sabor extraño, algo así como anisado, a los paladares y que a veces incomoda. Porque los textos de Silvia Agüero, te guste su sabor o no, hay que degustarlos. Y ‘Mi feminismo es gitano’ contiene un excelente menú para que dejemos de ver y miremos a las gitanas, para que vayamos juntas a coger hinojos.

Por cierto, la imagen de la portada son semillas de hinojos, porque este especial es un germen.



Publicado originalmente en Pikara Magazine

Parlar de Palestina amb el mirall d’Ucraïna

22/03/2022
  • El tractament polític, humanitari i mediàtic de la invasió de Rússia mostra la nefasta resposta davant altres guerres i ocupacions habitualment oblidades, com la de Palestina per part de l'Estat d'Israel. La població palestina viu una violència estructural contínua i ascendent des de fa setanta anys, una situació que reflecteix les grans dosis de cinisme de la comunitat internacional, i també de la societat.


La invasió d’Ucraïna per part de Rússia s’ha convertit en un bon moment per parlar de Palestina. Aquesta última embranzida bèl·lica ha mostrat d’una manera mediàtica la situació de vulnerabilitat absoluta de la població civil atacada. El tractament polític, humanitari i mediàtic del nou conflicte ha mostrat, a través de la no sempre adequada comparació, la nefasta resposta davant altres guerres i ocupacions habitualment oblidades. Però quan es coneix la situació de Palestina i quan s’ha tingut contacte recent amb la seva gent, la comparació, dolorosa, és inevitable. I tal vegada necessària. Les guerres, per l’extrem de les seves pràctiques i de les seves conseqüències, mostren amb una certa nitidesa el que amaga la condició humana, de bo i de terrible. I aquesta guerra ha posat sobre la taula debats socials ignorats, o que han estat fins i tot criticats, quan s’han intentat aplicar a altres territoris. Com ha de ser l’acolliment de les persones refugiades?, la població civil té dret a la resistència quan ocupen o ataquen la seva terra?, és una bona mesura el boicot comercial i econòmic a un país que envaeix el seu veí?

Aquestes preguntes per a les quals sembla que existeixen respostes unànimes i majoritàries, i davant les quals el dubte és catalogat de frívol o ximple, tenen contestacions gairebé oposades en altres contextos geogràfics. Per això la invasió de Rússia a Ucraïna s’ha convertit en un bon moment per parlar de Palestina. Perquè les seguretats amb què s’analitza l’últim conflicte esdevenen en múltiples peròs quan en els subjectes d’anàlisi entra Israel.

Sempre és un bon moment per parlar de Palestina, encara que els mitjans de comunicació només dediquin espai als territoris ocupats quan la violència és directa: és a dir, quan es bombardeja Gaza o quan la població gazatí respon. Parlem de Palestina, llavors. Parlem sobre el fet que no s’explica res de la violència estructural contínua i ascendent que viu la població palestina des de fa setanta anys ni de la resistència no violenta que es practica ara a Cisjordània, on va haver-hi un temps durant el qual la resistència violenta es va titllar de terrorisme. “Segons el dret internacional, podem usar la lluita armada com a eina de resistència per viure sota ocupació. La resistència no violenta no és tan fàcil com la gent pensa, crec que és més difícil. Ara fer servir una càmera està prohibit. Ara, si vaig a una manifestació i m’enxampen, aniré a la presó sis mesos. Cal veure com fer-ho, si tapant-te la cara; li vaig dir al jutge que tornaria a veure’m en una manifestació. Em va dir que no podia anar a una manifestació il·legal i li vaig dir que què significava il·legal i no va contestar. No és fàcil aquesta via amb tots els assassinats de palestins i les confiscacions de terres”, explicava el 2018 Munter Amira, dels comitès de resistència popular, després de sortir de presó, on va estar després de ser detingut en una manifestació.

Amira viu al camp de refugiats d’Aida, a Betlem. Va ser construït el 1950 per a acollir persones de 27 ciutats, expulsades després de la creació de l’Estat d’Israel. La construcció del nou país va suposar el desplaçament de 750.000 persones i la destrucció 560 pobles palestins. Set dècades després, gairebé sis milions de palestines i palestins viuen en 58 camps, repartits dins de Cisjordània i en països veïns. Continuen esperant exercir el seu dret al retorn. La condició de refugi està marcant l’existència de diverses generacions. Amb un passat de greuge i un present gairebé carcerari, el futur és complex d’esbossar.

La situació de Palestina és un mirall que reflecteix les grans dosis de cinisme de la comunitat internacional, i també de la societat. De nosaltres.

Fa uns dies, en una xerrada en línia amb l’organització palestina de drets humans Badil, Lubnah Shomlai va parlar de la situació de la població refugiada i desplaçada forçosament i dels crims i la violència que continua exercint Israel. Per què els grans mitjans no narren això?, es preguntava la defensora de drets humans, qui va oferir arguments irreprotxables perquè el focus mediàtic mundial miri més al seu poble. Si relatar les injustícies i qüestionar els poders és la finalitat del periodisme, llavors no hi ha excusa per no parlar de Palestina. Shomlai va exposar proves traduïdes en agressions constants, com la impossibilitat de l’accés a la terra (molta gent no pot conrear el seu terreny), del moviment lliure (els checkpoints assetgen la vida a Cisjordània i a vegades és impossible anar al poble del costat, sense oblidar que hi ha carreteres, dins de territori palestí, només per a israelians: això s’anomena discriminació, racisme i apartheid), acaparament de terres i d’aigua, dificultats d’accés a la sanitat o l’educació. “Hi ha violència estructural i un entorn coercitiu que obliga la gent a anar-se’n, mentre Israel implanta la seva població per substituir la població originària”, va subratllar Shomlai, qui va recordar que aquesta colonització comporta l’annexió de terres per la força, “un altre crim”. I no sé quants en van ja. Però hi ha poc escàndol, poques decisions polítiques i cada vegada més oblit.

Fins i tot les estratègies dels col·lectius civils, com el BDS (sigles de boicot, desinversions i sancions), són criticades. “És herència de la resistència no violenta i s’inspira en el moviment contra l’apartheid a Sud-àfrica i la lluita pels drets civils als Estats Units”, explicava a Ramallah Omar Barghouti, un dels impulsors del BDS, que va arrencar el 2005. “Tractem de fer conèixer al món la veritat d’Israel i no la imatge de liberal i progressista que vol donar. Volem convèncer que Israel no és un país normal, és un país tòxic”, afegia.

Serveixin les pinzellades d’aquests temes, població refugiada, resistència no violenta i BDS, per explicar que l’aplaudida resposta de la comunitat internacional, especialment de la Unió Europea, a l’atac rus a Ucraïna mostra el doblec, la descaradura i el desvergonyiment d’un entramat que només es preocupa per unes vides i defensa unes normes internacionals quan li interessa, no quan és just. Cal preocupar-se i ocupar-se d’Ucraïna, però no només. Hi ha moltes ucraïnes, hi ha molts territoris ocupats de manera il·legal i, tristament, el normal és que no importin. “Vivim una situació d’opressió i supressió. No volem caritat, volem que es reconegui que no estan fent bé les coses”, va cloure Lubnah Shomlai.



Publicado originalmente en la Directa

Publicado en castellano en Pikara Magazine

De conflictos y patrones de género

17/03/2022
  • Las guerras son un espejo de la condición humana y también de la culturización de género. Narrarlas debe implicar cuestionar esos patrones.
La guerra de Ucrania, que a veces se nos olvida comenzó hace años, es un catálogo de imágenes de terribles que muestran lo peor y lo mejor del ser humano, como dice el dicho facilón. La ayuda y la entrega, por un lado, la violencia sangrienta, por otro. Las guerras también describen los roles de género en los que se divide a la sociedad. Tú, aquí; tú, para allá. Y poco más. Que los días previos a los ataques las imágenes noticiables fueran de señores sentados en sillas decidiendo el devenir de una posible invasión es lo habitual. Echad un vistazo a la sección de internacional de cualquier medio: si es raro ver a mujeres en las noticias (solo el 26 por ciento de los sujetos que aparecen en radio, prensa y televisión son mujeres, según datos de 2020 del último Monitoreo Global de Medios) es más raro aún verlas cuando se habla de temas de geopolítica (los datos del mismo estudio centrados en los medios transnacionales, es decir, esos que hacen información internacional de manera generalizada, bajan hasta el 13%). Y, menos, ahora que Angela Merkel ha dejado la presidencia de Alemania después de 16 años. Su salida de la primera línea ha modificado las fotos que ilustran eso que se llama internacional, es decir, lo que no pasa en casa. Que normalmente los hombres blancos deciden lo que pasa en el mundo no es noticia, aunque debería serlo: unas pocas personas, cortadas por el mismo patrón, dibujan eso que se llama orden (o desorden) mundial. Y que muchas veces los medios replican sin cuestión.

Para un taller que no viene al caso puse de ejemplo la sección de Internacional de un medio que tampoco viene al caso. Porque lo importante del ejemplo no es excepción, sino regla. El patrón. Era un día de noviembre de 2021, y las cinco primeras noticias de la sección eran de hombres y con imágenes de hombres. El titular de la sexta decía ‘Una constituyente chilena muestra su torso tras el cáncer de mama en la Asamblea: “La culpa la sentí desde el diagnóstico”’, y había foto. Es decir, las mujeres aparecen como anécdota, como víctimas y para la foto.

Una vez lanzadas las bombas (y aquí no me atrevo a hacer un análisis sobre el papel de la masculinidad tradicional en esto de hacer guerras) son, sobre todo, soldados los que nutren los ejércitos. Que alistarse sea algo voluntario debería llevar a preguntas que ayuden a entender por qué hay más hombres que mujeres en los ejércitos del mundo. Seguramente tenga que ver con la masculinidad tradicional y también con los roles de género. Los hombres a guerrear y las mujeres a sostener. Y eso es tremendamente injusto. Porque es injusto que los hombres no puedan salir de Ucrania para estar a disposición de una llamada obligatoria a empuñar un arma, y es igual de injusto que ante esa obligación sean las mujeres las que, mayoritariamente, se tengan que encargar del cuidado de las niñas y los niños. Y sé que hay excepciones, que hay mujeres que están empuñando las armas y que se están quedando. También sé que hay hombres que se quieren quedar y otros que están yendo exclusivamente a eso, a la guerra.

Pero la pregunta debería ser por qué los hombres nutren los ejércitos (los datos de España recogen que los hombres representan el 87,1% del personal del Ejército y cuerpos comunes y las mujeres el 12,8; si subimos escalafones un porcentaje disminuye y el otro aumenta) y por qué las mujeres se tienen que encargar de cuidar a la ciudadanía más pequeña y, por tanto, vulnerable. Hablar de los roles de género es también esto. Porque en situaciones tan extremas como una guerra, quedan bien lustrosos. Daría para otro reportaje ver en qué situación están las personas trans en Ucrania.

La lectura con enfoque de género (o feminista) de un conflicto armado siempre saca a la luz el uso del cuerpo de las mujeres como arma de guerra, no se olvide. Las violaciones de las mujeres, incluso por parte de eso que llaman fuerzas de paz como los cascos azules de la ONU, son también un elemento que juega un papel fundamental en los conflictos armados. Aunque nadie quiera verlo, aunque nadie quiera asumirlo. En Colombia, por ejemplo, no se ha conseguido meter la violencia sexual en la Jurisdicción Especial para la Paz, creada con los Acuerdos de Paz, porque no hay problema en admitir asesinatos, pero sí violaciones. Nadie viola, parece.

Las dinámicas sociales que están participando en el conflicto de Ucrania son prácticamente universales. Ya hay varias informaciones sobre el peligro de que las mujeres que salen como refugiadas caigan en manos de redes de trata, muchas con fines de explotación sexual. Y entonces la mirada se va a la frontera sur de Europa. “El trayecto migratorio de las mujeres y niñas está profundamente atravesado por la violencia física y sexual. La trata es, en muchos casos, la única manera de alcanzar Europa”, recoge un informe de Zehar (antigua CEAR Euskadi). Sin olvidar que “las mujeres huimos por causas que ni siquiera están aún contempladas en el derecho internacional”. ¿Son la violencia de género y la violencia sexual causas para huir de un país? ¿Informan de eso las secciones de Internacional?, ¿cuántas violencias se reproducen en los conflictos bélicos?

Las guerras son un espejo de la condición humana y también de la culturización de género. Narrarlas debe implicar cuestionar esos patrones.



Publicado originalmente en +Pikara
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