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Apartheid, el término jurídico que (por fin) define la realidad de Palestina (1/2)

28/04/2022
  • Naciones Unidas y un alto magistrado israelí han admitido en las últimas semanas que los crímenes cometidos por Israel son de lesa humanidad.
Hebrón (Palestina). M.A.F.

Ya se puede decir: Palestina sufre un apartheid. Lo que hasta ahora era evidente a ojos de quienes viven en Cisjordania y Gaza, y de quienes visitan esas tierras fuera de los márgenes turísticos con al menos una pizca de empatía, ahora es una verdad asumida por los organismos que establecen los criterios de medición. El apartheid ya no es un adjetivo, es un hecho. Tal cual.

“Israel practica el apartheid en los territorios palestinos ocupados”, afirma en un reciente informe el relator especial de la Organización de las Naciones Unidas sobre la situación de los derechos humanos en territorio palestino, Michael Lynk. “Hoy existe en el territorio palestino ocupado por Israel desde 1967 un sistema legal y político dual profundamente discriminatorio, que privilegia a los 700.000 colonos judíos israelíes que viven en los 300 asentamientos israelíes ilegales en Jerusalén Este y Cisjordania”, explica el relator, que también habla de muros y de puestos de control y que recuerda que tres millones de palestinos y palestinas “están sin derechos, viviendo bajo un régimen opresivo de discriminación institucional”. Sin olvidar que dos millones de personas viven en Gaza, “una prisión al aire libre”, en palabras de Lynk, sin acceso adecuado al agua, a la energía o a la salud.

A veces poner nombre a las cosas ayuda. Las dimensiona y ofrece un marco contextual y analítico. Unos días antes de que se publicara el informe del relator, Lubnah Shomlai, integrante de la organización palestina de derechos humanos Badil, participó en un encuentro online con periodistas para hablar sobre nuevas narrativas, es decir, de la importancia de los conceptos usados para describir los hechos. “Israel ha cometido crímenes, hay mucha investigación e información, pero la terminología lo minimiza”, denunció Shomlai, quien también reconoció que cada vez se usa más el concepto “apartheid”. Un término que, por cierto, no es solo algo físico, aunque cueste creerlo al ver los puestos militares de control, los asentamientos de colonos en territorio palestino, el muro, las calles solo para israelíes en Hebrón o las carreteras solo para población israelí que cruzan Cisjordania. Hay situaciones que incluso se escapan de la lógica de la expulsión física, es todo más sutil.

La singularidad de Jerusalén
Budour Hassan es abogada del Centro de Derechos Humanos de Jerusalén y habla de “la burocracia de la represión”, esa que dice no siempre es visible y es más difícil de conocer que la violencia visible, “porque es la cotidiana que afecta a la vida diaria; solo se sabe cuando se habla con la gente”. La abogada explica los problemas de residencia para la población palestina de Jerusalén, residentes permanentes y no ciudadanía en el vocabulario de Israel. Estas triquiñuelas léxicas hacen que el Gobierno pueda reubicar su residencia, a pesar de que la ciudad siempre ha tenido un régimen jurídico especial. “Más de 14.000 fueron reubicados en 50 años: a gente nacida y crecida de repente les dicen que no son legales en su ciudad”, cuenta la jurista en un perfecto castellano, aprendido escuchando partidos de fútbol y baloncesto.

Otro ejemplo de esa burocracia represiva de la que habla Hassan es que si alguien se va siete años fuera de Jerusalén ya no puede volver a tener su residencia en esta ciudad clave. La reubicación punitiva es otro más de los mecanismos que describe la abogada. “La existencia de los palestinos en Jerusalén es muy vulnerable porque están bajo riesgo cotidiano de perder su derecho de residencia, su ciudad”, continúa Hassan, que no deja de nombrar técnicas burocráticas de exclusión, de ingeniería demográfica. “Si tu marido es de Cisjordania y tienes una criatura, es muy difícil registrar a tu bebé. Este trámite mundano puede durar cinco años y la familia no puede vivir junta en Jerusalén”, cuenta deprisa, como si lo que narra no fuera una absoluta barbaridad propia de novelas o series de televisión distópicas, esas que hay que leer o ver con atención. “La ocupación fragmenta a las familias, que viven una pesadilla cotidiana solo para sobrevivir. El objetivo no es vivir una buena vida, es sobrevivir. El derecho a sobrevivir no está garantizado”, afirma la jurista, que ayuda a vecinas y vecinos de Jerusalén a no perder su residencia, a registrar a los niños y niñas y a proteger las casas de la demolición.

Ya fuera de la oficina de Budour Hassan, un paseo por las calles de Jerusalén imprime una postal de la absoluta desigualdad cotidiana, la de junio de 2018: barrios de población palestina abandonados y sin inversión pública, en donde ni siquiera se dan licencias de obras para reformas de casas frente a otras zonas perfectamente equipadas. “En los viajes turísticos organizados por Israel la ocupación no existe. Hay dos mundos en Jerusalén. Apartheid no es sólo una palabra, es una realidad”, describía.

(…) [Continua aquí]



[Lee aquí artículo completo, publicado en El Salto]

En esta casa se comen hinojos

30/03/2022

A Silvia la conocí editando sus textos y subiéndolos a la web. Aún recuerdo el primero. Era 2017, se cumplía la efeméride de la Gran Redada y no cabía en mi asombro al leer una historia de la que no tenía ni idea: el intento de exterminio del pueblo gitano durante el reinado de Fernando VI. Aquel artículo sobre Juana de Vargas, Lucía, Rosalía, Francisco de Paula, Nicolás, y sobre tantas gitanas y gitanos del siglo XVIII fue el inicio de otros muchos descubrimientos o encubrimientos que no sabía y de los que Silvia me alumbró.

Conocer a Silvia Agüero Fernández supuso para mí mirar a mis vecinas, aquellas que siempre veía en el parque de al lado de mi casa, pero nunca miraba. Y sus textos me revolvieron porque las cosas que me mostraban no es que no las conociera, es que no quería verlas. Los guetos, los estereotipos literarios, el exterminio nazi, el borrado de su lengua, ¡las esterilizaciones!, las políticas de integración y, por supuesto, el antigitanismo y las resistencias.

‘Mi feminismo es gitano’, el monográfico que desde Pikara Magazine editamos con los textos de Silvia Agüero Fernández, es, como ella misma dice, “una cucharadita”. Un poco de caldo para saborear los plurales feministas, un sofrito imprescindible para cualquier guiso, para cualquier debate que hable de ejes de poder y de desigualdad, de discriminaciones y de estereotipos, de interseccionalidad y de antirracismo. De antigitanismo

Y siempre, claro, con un poco de hinojo, esa planta silvestre que “gitaniza”, como dice Silvia, y que hay que coger del campo. Y que añade un sabor extraño, algo así como anisado, a los paladares y que a veces incomoda. Porque los textos de Silvia Agüero, te guste su sabor o no, hay que degustarlos. Y ‘Mi feminismo es gitano’ contiene un excelente menú para que dejemos de ver y miremos a las gitanas, para que vayamos juntas a coger hinojos.

Por cierto, la imagen de la portada son semillas de hinojos, porque este especial es un germen.



Publicado originalmente en Pikara Magazine

Parlar de Palestina amb el mirall d’Ucraïna

22/03/2022
  • El tractament polític, humanitari i mediàtic de la invasió de Rússia mostra la nefasta resposta davant altres guerres i ocupacions habitualment oblidades, com la de Palestina per part de l'Estat d'Israel. La població palestina viu una violència estructural contínua i ascendent des de fa setanta anys, una situació que reflecteix les grans dosis de cinisme de la comunitat internacional, i també de la societat.


La invasió d’Ucraïna per part de Rússia s’ha convertit en un bon moment per parlar de Palestina. Aquesta última embranzida bèl·lica ha mostrat d’una manera mediàtica la situació de vulnerabilitat absoluta de la població civil atacada. El tractament polític, humanitari i mediàtic del nou conflicte ha mostrat, a través de la no sempre adequada comparació, la nefasta resposta davant altres guerres i ocupacions habitualment oblidades. Però quan es coneix la situació de Palestina i quan s’ha tingut contacte recent amb la seva gent, la comparació, dolorosa, és inevitable. I tal vegada necessària. Les guerres, per l’extrem de les seves pràctiques i de les seves conseqüències, mostren amb una certa nitidesa el que amaga la condició humana, de bo i de terrible. I aquesta guerra ha posat sobre la taula debats socials ignorats, o que han estat fins i tot criticats, quan s’han intentat aplicar a altres territoris. Com ha de ser l’acolliment de les persones refugiades?, la població civil té dret a la resistència quan ocupen o ataquen la seva terra?, és una bona mesura el boicot comercial i econòmic a un país que envaeix el seu veí?

Aquestes preguntes per a les quals sembla que existeixen respostes unànimes i majoritàries, i davant les quals el dubte és catalogat de frívol o ximple, tenen contestacions gairebé oposades en altres contextos geogràfics. Per això la invasió de Rússia a Ucraïna s’ha convertit en un bon moment per parlar de Palestina. Perquè les seguretats amb què s’analitza l’últim conflicte esdevenen en múltiples peròs quan en els subjectes d’anàlisi entra Israel.

Sempre és un bon moment per parlar de Palestina, encara que els mitjans de comunicació només dediquin espai als territoris ocupats quan la violència és directa: és a dir, quan es bombardeja Gaza o quan la població gazatí respon. Parlem de Palestina, llavors. Parlem sobre el fet que no s’explica res de la violència estructural contínua i ascendent que viu la població palestina des de fa setanta anys ni de la resistència no violenta que es practica ara a Cisjordània, on va haver-hi un temps durant el qual la resistència violenta es va titllar de terrorisme. “Segons el dret internacional, podem usar la lluita armada com a eina de resistència per viure sota ocupació. La resistència no violenta no és tan fàcil com la gent pensa, crec que és més difícil. Ara fer servir una càmera està prohibit. Ara, si vaig a una manifestació i m’enxampen, aniré a la presó sis mesos. Cal veure com fer-ho, si tapant-te la cara; li vaig dir al jutge que tornaria a veure’m en una manifestació. Em va dir que no podia anar a una manifestació il·legal i li vaig dir que què significava il·legal i no va contestar. No és fàcil aquesta via amb tots els assassinats de palestins i les confiscacions de terres”, explicava el 2018 Munter Amira, dels comitès de resistència popular, després de sortir de presó, on va estar després de ser detingut en una manifestació.

Amira viu al camp de refugiats d’Aida, a Betlem. Va ser construït el 1950 per a acollir persones de 27 ciutats, expulsades després de la creació de l’Estat d’Israel. La construcció del nou país va suposar el desplaçament de 750.000 persones i la destrucció 560 pobles palestins. Set dècades després, gairebé sis milions de palestines i palestins viuen en 58 camps, repartits dins de Cisjordània i en països veïns. Continuen esperant exercir el seu dret al retorn. La condició de refugi està marcant l’existència de diverses generacions. Amb un passat de greuge i un present gairebé carcerari, el futur és complex d’esbossar.

La situació de Palestina és un mirall que reflecteix les grans dosis de cinisme de la comunitat internacional, i també de la societat. De nosaltres.

Fa uns dies, en una xerrada en línia amb l’organització palestina de drets humans Badil, Lubnah Shomlai va parlar de la situació de la població refugiada i desplaçada forçosament i dels crims i la violència que continua exercint Israel. Per què els grans mitjans no narren això?, es preguntava la defensora de drets humans, qui va oferir arguments irreprotxables perquè el focus mediàtic mundial miri més al seu poble. Si relatar les injustícies i qüestionar els poders és la finalitat del periodisme, llavors no hi ha excusa per no parlar de Palestina. Shomlai va exposar proves traduïdes en agressions constants, com la impossibilitat de l’accés a la terra (molta gent no pot conrear el seu terreny), del moviment lliure (els checkpoints assetgen la vida a Cisjordània i a vegades és impossible anar al poble del costat, sense oblidar que hi ha carreteres, dins de territori palestí, només per a israelians: això s’anomena discriminació, racisme i apartheid), acaparament de terres i d’aigua, dificultats d’accés a la sanitat o l’educació. “Hi ha violència estructural i un entorn coercitiu que obliga la gent a anar-se’n, mentre Israel implanta la seva població per substituir la població originària”, va subratllar Shomlai, qui va recordar que aquesta colonització comporta l’annexió de terres per la força, “un altre crim”. I no sé quants en van ja. Però hi ha poc escàndol, poques decisions polítiques i cada vegada més oblit.

Fins i tot les estratègies dels col·lectius civils, com el BDS (sigles de boicot, desinversions i sancions), són criticades. “És herència de la resistència no violenta i s’inspira en el moviment contra l’apartheid a Sud-àfrica i la lluita pels drets civils als Estats Units”, explicava a Ramallah Omar Barghouti, un dels impulsors del BDS, que va arrencar el 2005. “Tractem de fer conèixer al món la veritat d’Israel i no la imatge de liberal i progressista que vol donar. Volem convèncer que Israel no és un país normal, és un país tòxic”, afegia.

Serveixin les pinzellades d’aquests temes, població refugiada, resistència no violenta i BDS, per explicar que l’aplaudida resposta de la comunitat internacional, especialment de la Unió Europea, a l’atac rus a Ucraïna mostra el doblec, la descaradura i el desvergonyiment d’un entramat que només es preocupa per unes vides i defensa unes normes internacionals quan li interessa, no quan és just. Cal preocupar-se i ocupar-se d’Ucraïna, però no només. Hi ha moltes ucraïnes, hi ha molts territoris ocupats de manera il·legal i, tristament, el normal és que no importin. “Vivim una situació d’opressió i supressió. No volem caritat, volem que es reconegui que no estan fent bé les coses”, va cloure Lubnah Shomlai.



Publicado originalmente en la Directa

Publicado en castellano en Pikara Magazine

De conflictos y patrones de género

17/03/2022
  • Las guerras son un espejo de la condición humana y también de la culturización de género. Narrarlas debe implicar cuestionar esos patrones.
La guerra de Ucrania, que a veces se nos olvida comenzó hace años, es un catálogo de imágenes de terribles que muestran lo peor y lo mejor del ser humano, como dice el dicho facilón. La ayuda y la entrega, por un lado, la violencia sangrienta, por otro. Las guerras también describen los roles de género en los que se divide a la sociedad. Tú, aquí; tú, para allá. Y poco más. Que los días previos a los ataques las imágenes noticiables fueran de señores sentados en sillas decidiendo el devenir de una posible invasión es lo habitual. Echad un vistazo a la sección de internacional de cualquier medio: si es raro ver a mujeres en las noticias (solo el 26 por ciento de los sujetos que aparecen en radio, prensa y televisión son mujeres, según datos de 2020 del último Monitoreo Global de Medios) es más raro aún verlas cuando se habla de temas de geopolítica (los datos del mismo estudio centrados en los medios transnacionales, es decir, esos que hacen información internacional de manera generalizada, bajan hasta el 13%). Y, menos, ahora que Angela Merkel ha dejado la presidencia de Alemania después de 16 años. Su salida de la primera línea ha modificado las fotos que ilustran eso que se llama internacional, es decir, lo que no pasa en casa. Que normalmente los hombres blancos deciden lo que pasa en el mundo no es noticia, aunque debería serlo: unas pocas personas, cortadas por el mismo patrón, dibujan eso que se llama orden (o desorden) mundial. Y que muchas veces los medios replican sin cuestión.

Para un taller que no viene al caso puse de ejemplo la sección de Internacional de un medio que tampoco viene al caso. Porque lo importante del ejemplo no es excepción, sino regla. El patrón. Era un día de noviembre de 2021, y las cinco primeras noticias de la sección eran de hombres y con imágenes de hombres. El titular de la sexta decía ‘Una constituyente chilena muestra su torso tras el cáncer de mama en la Asamblea: “La culpa la sentí desde el diagnóstico”’, y había foto. Es decir, las mujeres aparecen como anécdota, como víctimas y para la foto.

Una vez lanzadas las bombas (y aquí no me atrevo a hacer un análisis sobre el papel de la masculinidad tradicional en esto de hacer guerras) son, sobre todo, soldados los que nutren los ejércitos. Que alistarse sea algo voluntario debería llevar a preguntas que ayuden a entender por qué hay más hombres que mujeres en los ejércitos del mundo. Seguramente tenga que ver con la masculinidad tradicional y también con los roles de género. Los hombres a guerrear y las mujeres a sostener. Y eso es tremendamente injusto. Porque es injusto que los hombres no puedan salir de Ucrania para estar a disposición de una llamada obligatoria a empuñar un arma, y es igual de injusto que ante esa obligación sean las mujeres las que, mayoritariamente, se tengan que encargar del cuidado de las niñas y los niños. Y sé que hay excepciones, que hay mujeres que están empuñando las armas y que se están quedando. También sé que hay hombres que se quieren quedar y otros que están yendo exclusivamente a eso, a la guerra.

Pero la pregunta debería ser por qué los hombres nutren los ejércitos (los datos de España recogen que los hombres representan el 87,1% del personal del Ejército y cuerpos comunes y las mujeres el 12,8; si subimos escalafones un porcentaje disminuye y el otro aumenta) y por qué las mujeres se tienen que encargar de cuidar a la ciudadanía más pequeña y, por tanto, vulnerable. Hablar de los roles de género es también esto. Porque en situaciones tan extremas como una guerra, quedan bien lustrosos. Daría para otro reportaje ver en qué situación están las personas trans en Ucrania.

La lectura con enfoque de género (o feminista) de un conflicto armado siempre saca a la luz el uso del cuerpo de las mujeres como arma de guerra, no se olvide. Las violaciones de las mujeres, incluso por parte de eso que llaman fuerzas de paz como los cascos azules de la ONU, son también un elemento que juega un papel fundamental en los conflictos armados. Aunque nadie quiera verlo, aunque nadie quiera asumirlo. En Colombia, por ejemplo, no se ha conseguido meter la violencia sexual en la Jurisdicción Especial para la Paz, creada con los Acuerdos de Paz, porque no hay problema en admitir asesinatos, pero sí violaciones. Nadie viola, parece.

Las dinámicas sociales que están participando en el conflicto de Ucrania son prácticamente universales. Ya hay varias informaciones sobre el peligro de que las mujeres que salen como refugiadas caigan en manos de redes de trata, muchas con fines de explotación sexual. Y entonces la mirada se va a la frontera sur de Europa. “El trayecto migratorio de las mujeres y niñas está profundamente atravesado por la violencia física y sexual. La trata es, en muchos casos, la única manera de alcanzar Europa”, recoge un informe de Zehar (antigua CEAR Euskadi). Sin olvidar que “las mujeres huimos por causas que ni siquiera están aún contempladas en el derecho internacional”. ¿Son la violencia de género y la violencia sexual causas para huir de un país? ¿Informan de eso las secciones de Internacional?, ¿cuántas violencias se reproducen en los conflictos bélicos?

Las guerras son un espejo de la condición humana y también de la culturización de género. Narrarlas debe implicar cuestionar esos patrones.



Publicado originalmente en +Pikara

Nos queda la memoria (2/2)

03/12/2021. (…) [Comienza aquí]

La memoria combate el olvido. Alienta la reconstrucción. Es una herramienta pedagógica y de duelo. De sanación. La memoria puede ser una fotografía, como la que siempre lleva colgada al cuello Yanette, una Nydia Érika de dos dimensiones en miniatura; la memoria puede ser un dibujo, porque hay mujeres colombianas que si siquiera guardan un retrato y entonces un trazo a lápiz restaura el rostro de su familiar; la memoria puede ser una flor, las que siempre usa la FNEB en sus actos; la memoria puede ser un poema, el que lee Nancy Yanira Galárraga para recordar a sus cuatro hermanas desaparecidas; la memoria puede ser un canto, el de las mujeres de Buenaventura que celebran sus rituales para recordar. La memoria puede ser muchas reivindicaciones. Incluso una ley, la que se debate estos días en España. Y un lugar, los restos del campo de concentración de Castuera. Y una visita, como las que organiza la Asocación Extremeña de Comunicación Social (Aecos) por Badajoz para que nadie olvide la matanza que allí se sufrió en agosto de 1936. Y un libro, las novelas de Almudena Grandes.

La memoria reviste múltiples formas, con un destino político y social muy claro: no olvidar a las víctimas ni lo que les pasó. Que alguien cuente su historia y recuerde su nombre; y si es posible, su rostro. La sociedad civil es por ahora la que está asumiendo esta labor, tanto en Colombia como en el Estado español.

“Desde la asociación hemos asumido una responsabilidad que no es nuestra y nos hemos visto superados”, denuncia Guillermo León al relatar los más de 40 cuerpos sin identificar que han exhumado en el campo de concentración de Castuera. “Quienes construimos la verdad somos las víctimas. Y me asusta que se nos estén muriendo las familias, ¿quién lo hará cuando no estén?”, alerta Andrea Torres, recordando que son las familias y las organizaciones sociales, también en Colombia, las que están buscando a las desaparecidas porque “el Estado no asume ese deber con seriedad”. En el país latinoamericano, la Comisión de la Verdad tiene un mandato de tres años para desenmarañar medio siglo de conflicto. “Y eso es imposible”, clama la abogada. En España, hay archivos y documentación de la guerra civil y de la dictadura franquista a los que se sigue sin tener acceso.

Los rostros de Edison Salazar, de Luz Marina Bernal, de Yasmin Garzón y de Pablo Cala, entre otros, acompañaron las palabras de Andrea Torres y Guillermo León. La memoria también es una foto que alguien toma, un artículo que otro alguien escribe, un reportaje publicado en algún medio de comunicación, estas líneas que lees en El Salto Extremadura. La memoria es una responsabilidad social. Un pequeño granito de arena está expuesto durante este mes de diciembre en La Enredadera. Ausencias presentes.

[Lee aquí artículo completo, publicado en El Salto]

Mi maestra anhelada

06/09/2021. La conocí como una más. Estaba entre todas, escuchaba y aportaba ideas. Pero June ya me había contado, en nuestro primer encuentro en un bar, que una de las impulsoras de Pikara Magazine era una profesora, reconocida y exigente. Pasé la prueba: me editó mi primer reportaje para esta revista y, más o menos, salí airosa.

En aquellas primeras reuniones bilbaínas, que luego solían acabar en una comida, me fui dando cuenta de que ella era la maestra. Había dado clases a varias de las que estaban en aquellos inicios píkaros y a mí me daban envidia.

En mis cuatro años de carrera nadie me habló de la importancia del enfoque de género en nuestro trabajo, nadie me explicó, ni siquiera en una asignatura opcional, que la mirada feminista mejoraba cualquier artículo. Y, a partir de ahí, a pesar de que ya la conocía y de que poco a poco fuimos creando cierta amistad, tuve anhelo de ella. Querría haber conocido a Lucía antes, querría que me hubiera alumbrado en mi época de estudiante, querría que me hubiera corregido durante mis prácticas.

Desde que la conocí, tuve anhelo de una profesora como ella. Y así lo he dicho cuando he tenido el privilegio de dar alguna charla o taller sobre periodismo feminista: ojalá hubiera sido también mi maestra. Estar en Pikara me ha hecho contarla entre mis colegas y aprender de ella en mi etapa profesional. Son muchos los recuerdos (aún saboreo aquel humus en su casa) y las regañinas (porque Lucía nos reñía y nos decía lo que no la gustaba de la revista y del proyecto). No la tuve de profesora, pero sí de compañera. Ahora mi anhelo es doble, querida Lucía Martínez Odriozola.

Publicado originalmente en Pikara Magazine
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